Sé que trabajar con este cerebro cansado
y rebelde es lo más profundo que viviré sobre esta tierra. No ya la alegría o
el éxtasis que alguna vez siento, o los momentáneos relámpagos de iluminación,
sino este quedarse en contacto con la banalidad de la vida cotidiana, estar
metidos hasta el cuello y seguir escribiendo es lo que me abre el corazón de
par en par, tan hondo hacia una nueva ternura y una nueva comprensión de mí
misma; y a partir de ésta, una ardiente compasión hacia todo lo que me rodea.
No sólo hacia la mesa y la Coca-Cola que tengo enfrente, la pajita de papel, la
amiga que escribe delante mío, sino también hacia el remolino de los recuerdos
y las profundas nostalgias que turban nuestra mente, y hacia los sufrimientos
por los que trabajosamente pasamos día tras día. Y me sale con naturalidad
mientras muevo la pluma sobre la hoja y quiebro la costra dura y compacta de
los pensamientos y de las limitaciones que yo sola me impongo. Por eso ser
escritora es una experiencia muy profunda. Es la experiencia más profunda que
conozco. Y pienso que si no es esto, entonces nada. Será mi modo de estar
En el mundo durante el resto de mi
existencia. Tengo que recordarlo, siempre.
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